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EL LEGADO DE CULTURA DEL PROFESOR CALANDRELLI

EL LEGADO DE CULTURA DEL PROFESOR CALANDRELLI

Por Oscar Andrés De Masi

2021

 

A partir de la segunda mitad del siglo XIX comenzó en la Argentina un proceso sostenido y aluvional  de recepción de contingentes de inmigrantes procedentes, al principio, de Europa. Con estos primeros flujos llegaron muchísimos italianos, para desempeñarse en tareas, oficios y profesiones bien diversas.

 

Algunos de ellos, menos instruidos quizá y habituados a las faenas del medio rural natal, siguieron desempeñándolas en la vastedad de los campos argentinos o en las quintas suburbanas. Otros, en cambio, permanecieron en la Capital o se afincaron en otras ciudades, dedicados a la pequeña industria artesanal (herreros, carpinteros, talabarteros, zapateros, albañiles, canteros y marmoleros etcétera). Otros, con perfil más mundano, se dedicaron  al comercio en sus diferentes escalas. Y otros, fueron convocados para dotar al país de los indicadores de cultura y de arte que ya habían alcanzado, hacía siglos, los italianos peninsulares.

 

Así, las obras públicas civiles y las encomiendas eclesiásticas dieron empleo a una pléyade de arquitectos, pintores y escultores que traían consigo el legado de ese “taller” de Europa que había sido Italia. Todos ellos llenaron, con sus destrezas empíricas o con sus saberes de Academia, los vacíos de belleza de la Gran Aldea.

 

Las aulas, por su parte, atrajeron a religiosas y religiosos, y más aún, a los científicos y a los lingüistas, portadores del idioma del Dante.

 

Entre estos últimos se hallaba Matías Calandrelli, nacido en la provincia de Salerno en 1845 y educado en la culta ciudad de Nápoles, donde aprendió el idioma español.

 

Había sido contratado por la Universidad de Buenos Aires como profesor de Lengua y Literatura clásicas, cargo que desempeñó entre 1871 y 1882. Durante esos once años de sostenida docencia, una generación entera de literatos porteños forjó sus latines en la fragua exigente de quien traía en su memoria y en su sangre los ecos de Cicerón, de César y de Virgilio, como si fuera un bagaje genético. No era, pues, aquel latín “ a la restituta”, como lo pronunciaba el clero católico, apartándose de las cadencias y las fonaciones propias del decir romano antiguo.

 

En 1881 preparó el plan de estudios de la flamante Facultad de Filosofía y Letras, incluyendo, por primera vez, la materia Historia Americana. Fue, pues, un precursor en la búsqueda de una identidad continental, anticipándose casi treinta años al manifiesto americanista de Ricardo Rojas y sus epígonos, lanzados desde la cátedra, desde las letras de molde de los libros o desde el modelado escultórico, en pos del ideal de Eurindia. Y más todavía, se adelantó a ese señero Congreso Internacional de Historia de América, que tuvo lugar en 1937, bajo el liderazgo intelectual del historiador Ricardo Levene.

 

Se desempeño, además, como rector del Colegio Provincial de La Plata, y fue uno de los primeros docentes de la asignatura Latin en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

 

Ejerció, además, el periodismo de alto nivel conceptual, en el diario de la colectividad “La Patria degli Italiani”; y dirigió la sección “Gramaticales y Filológicas” del prestigioso diario La Prensa.

 

Pero su obra monumental fue el Diccionario Filológico Comparado de la Lengua Castellana, publicado en 12 tomos, entre 1880 y 1916, donde exhibe una erudición excepcional en una lengua que, sin ser su lengua nativa, fue su lengua adoptiva. Porque amó el castellano, pudo dedicarle a la redacción y corrección de esta obra ¡casi cuatro décadas de trabajo!.

 

La edición del Diccionario fue apoyada por el general Bartolomé Mitre, quien lo consultaba a menudo para su traducción de la Divina Comedia (¿cuánto de la influencia de Calandrelli habrá en esa versión del poema dantesco?).

 

Un 26 de agosto de 1919, sus restos ingresaron al cementerio de la Recoleta, donde permanecen, en la bóveda de Pizarro. Hace un par de años, al cumplirse el centenario de su muerte, invitamos a tributarle un homenaje frente a su tumba. Apenas si concurrimos tres personas. A tal punto llegó el olvido del maestro.

 

Calandrelli fue testigo de una época y, a la vez, protagonista de los cambios culturales de Buenos Aires durante casi medio siglo. Entre aquellas instituciones que vió crecer y cambiar se hallaba también el Círculo Italiano, cuyos salones, en sus varias sedes debió frecuentar, rodeado del  aura de sabio que bien supo ganarse.

 

Oscar Andrés De Masi, es Abogado e Historiador. Cuenta en su haber con varias publicaciones sobre religiones orientales y es especialista en la historia de las obras arquitectónicas en distintas instituciones de nuestro país.

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